-¿Dónde va tan sólo, guapo?- La femenina voz en mi espalda me sobresaltó, no había visto a nadie en la calle entre la oscuridad del paseo.
Otra prostituta me atacaba, esta vez a traición, por la espalda. En La Habana la puta es tan abundante que el pecado ya no es pecado y, si no se peca, no se desea.
Seguí caminando.
-¿Busca una dama que le adorne? – La seguridad y el descaro pronunciados con la dulzura de su voz me revolvió la curiosidad.
Me di la vuelta.
-Yo no soy puta, soy una muñequita- Solo la vi cuando bajé la cabeza. Sonreía mientras se declaraba juguete y agarraba su pequeña falda moviendo los hombros con coquetería infantil. No alcanzaba los doce años.
Era pecado.
-¿Pero qué haces a estas horas por ahí? Vete con tu madre, este no es lugar para una niña- Dije con el poco aplomo de un miedo que ella vio con la claridad de la experiencia.
-¿Y por qué no me llevas contigo a un lugar más seguro?- Me insistió con los ojos iluminados de una falsa inocencia.
Negué con la cabeza, me di la vuelta y seguí caminado.
Tres pasos más allá un gatito maulló.
Ella como si fuera mujer: rompió a llorar a gritos.
Yo como si fuera niño: me enamoré en silencio.