El 13 de noviembre de 1977, la vida de Sara cobró sentido para siempre.
Sentada en la taza del váter, con su pijama de caramelos y ojeando una vez más “Teo va a la escuela”, observaba cómo otra noche, su madre reía y parloteaba con su amiga mientras se daba el último retoque de rimel – Como dijo Coco…”Nunca sabe una cuándo va a encontrarse con el hombre de su vida” – oyó entre otras frases que no logró comprender.
El 14 de noviembre de 1977, Sara se levantó pronto. Reordenó su armario y puso el primero el vestido de cuadros azules. Se dejó bañar escrupulosamente y no se quejó en absoluto cuando la peinaron con unas tirantes coletas y grandes lazos de raso. Las coletas duraron poco, hasta que Sara no quiso regalar sus lápices de colores a Jonás.
El 14 de noviembre de 1985, Sara se levantó pronto. Repasó su armario. Se duchó y tardó cuarenta minutos más en alisarse el pelo, se maquilló y salió hacia el instituto. Aquel día Sara volvió a casa igual que se fue: sin el amor eterno de Quique, dos años mayor que ella y con la sonrisa más perfecta que ningún otro mortal poseería jamás.
El 14 de noviembre de 1990, Sara se levantó pronto. Revisó su armario. Se duchó, se depiló las cejas y tardó cuarenta minutos más en arreglarse sus bucles perfectos, se maquilló y cogió el metro hacia la universidad. Se lo dijo la puta de Mónica – Mira tía, Jorge y yo estamos juntos. No quiere estar más contigo y no sabe cómo decírtelo. Lo siento, la vida es así, guapa.
El 14 de noviembre de 1997, Sara se levantó pronto. Revolvió el armario. Se duchó, se hidrató el cuerpo y tardó cuarenta minutos más en dejarse una mascarilla reconstituyente del brillo para el pelo, se maquilló y se fue a la oficina. Envuelta en papeles en un minúsculo despacho, Sara no recibía visitas. Tampoco ese día sucedió el encuentro fortuito que uniría sus ojos a los de “él” en una llama de pasión infinita.
El 14 de noviembre de 2003, Sara se levantó pronto. Recogió su vestido blanco del armario. Se duchó, tardó una hora y media en salir de la peluquería y cuarenta minutos más para encajarse algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul. Dejó que la maquillaran y se fue a la iglesia. La fiesta duró hasta que ella subió con el que ya era su marido a la suite del hotel. Esa noche tampoco pudo evitar preguntarse cuándo se encontraría por fin con el hombre de su vida.
El 14 de noviembre de 2007, Sara se levantó antes de la madrugada. Rescató el vestido pre-mamá del armario. Se duchó y tardó cuarenta minutos más en adecentar su melena sin lavar. Cuando las contracciones no la dejaron ya respirar despertó a su madre y se fueron juntas al hospital. No supo cuánto le duró el maquillaje pero sí que en seguida perdió la oportunidad de encontrar al hombre de su vida allí, entre los gritos y la sudada.
El 14 de noviembre de 2017, Sara se levantó pronto. Recordó qué había elegido para ese día del fondo de su armario. Se duchó y tardó cuarenta minutos más en aplicarse la mascarilla antiarrugas en rostro y cuello. Se pintó y salió hacia la casa de su mejor amiga. A esas horas Marta ya habría salido hacia el trabajo y su marido esperaría, rendido de amor en la cama, la llegada de Sara.
El 14 de noviembre de 2027, Sara no tuvo que levantarse pronto. Tendida en la cama, estaba inmóvil mientras su hija, entre sollozos, acababa de maquillarla. – Es injusto, era tan buena- susurraba su niña mientras la acicalaba.
La habitación estaba repleta. Habían acudido a su velatorio sus amigos y familiares. Destrozados por la pena, miraban a Sara con compasión. Alguien dijo -Pobrecilla, con la mala suerte que tuvo con los hombres. Menuda vida la de Sara, era tan buena y no tuvo suerte, no tuvo suerte ninguna.
Entonces Sara no pudo más y muerta como estaba, se levantó. Se estiró el vestido, alzó la cabeza y harta de escuchar gilipolleces, exclamó -¡Que os den!.
Y se largó así, sin peinar, a buscar al hombre de su vida.
martes 1 de septiembre de 2009
Legado de madre
Publicado por Noemí en 1.9.09 13 comentarios
Etiquetas: Mundos Noéticos
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