domingo 5 de julio de 2009

Descontando primaveras

“…Ya la había visto antes. Y como él, ya la habría visto todo el mundo. Su ondulada melena pelirroja arrastraba todas las miradas en caída libre hacia el precipicio de su espalda…”

–Ya estamos.

“…Debajo de su abrigo verde resplandecían las manos plateadas de una mujer joven. Él adivinaba que no superaría los veintisiete años…”.

-¡Joder, otra vez!- El libro voló por encima de la cama hasta caer abierto boca abajo con las páginas centrales ahogándose en el edredón. Ella, sin moverse, observó unos segundos la grotesca postura. La novela parecía desmembrada, como si hubiera caído desde su ventana y pudiera estar como un cuerpo humano: reventada contra el asfalto. Carmen, con la satisfacción de una venganza consumada que fruncía todas sus arrugas de expresión, sonrió.

Se levantó a tomar otra tila. Ya no le quedaba. La ansiedad le subía hacia la garganta en el bucle habitual: conciliar el sueño sería la última tortura de hoy.

Al volver a la habitación vio el libro en la cama y la ansiedad se le revolvió con la ira ¿Por qué cada vez que se hablaba de una mujer válida, sexy, atractiva, inteligente y deseable en libros, películas y hasta en los comentarios lascivos de los decrépitos, babosos y asquerosos amigos de su padre, siempre se correspondían con el perfil de una chica menor que ella? ¿Por qué Carmen era atractiva y deseable hasta que confesaba haber pasado el ecuador de la treintena? De repente los hombres después de un segundo de respiración contenida en el que parecían haber llevado un golpe en la nuca, rompían filas y ya nada más se sabía. Pero lo que era peor aún, lo que era realmente humillante, era que las mujeres al conocer su edad se relajaban con la misma sonrisa que acababa de ponerle ella a esta otra novela maldita.

Carmen sentía que a sus treinta y cinco años le habían quitado el derecho de ser mujer. Ella ya no sabía qué era pero los demás parecía que sí, que sabían lo que era ella: vieja.

Más de una vez se sorprendió hincando las rodillas en el suelo suplicando piedad: se probaba ropa para parecer más joven al mismo tiempo que se despreciaba por ello. No le gustaban las zapatillas urbanas, los pantalones rotos no iban con su atento carácter y las camisetas modernas a penas sí sabía por dónde iban los brazos y por dónde la cabeza. Y para no perder justamente eso, la cabeza, las bolsas que llegaban finalmente a su armario veían del maduro, sobrio, elegante -y sobre todo- pensaba Carmen – adecuado- Ralf lauren.

Amén de las veces que se probó lo de ponerse coletas…-Qué ridículo, madre mía- Es lo último que dijo antes de quedarse dormida y rematar el novelacidio al arroparse, arrojando el libro fuera de la cama por más que éste luchó con todas sus hojas intentando sujetarse a cualquier jirón del edredón. Fue inútil.

No consiguió distinguirlo. Hacía tiempo que no dormía tan profundamente que al sentir el dolor en el pecho no supo si era sueño o realidad, estaba más preocupada por esa sensación de frío que acabaría despertándola de verdad del placentero viaje de esa noche. Dificultad para respirar -¡Mierda, vuelve la ansiedad!- pensó sin querer abrir los ojos definitivamente.

El infarto paró el viejo corazón de Carmen y en el tanatorio sólo se oían aquí y allá las voces de todos los que fueron a despedirla:
-¡Qué pena, era tan joven…!.


Edward Hooper. Hotel Room (1931)



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