“…Ya la había visto antes. Y como él, ya la habría visto todo el mundo. Su ondulada melena pelirroja arrastraba todas las miradas en caída libre hacia el precipicio de su espalda…”
–Ya estamos.
“…Debajo de su abrigo verde resplandecían las manos plateadas de una mujer joven. Él adivinaba que no superaría los veintisiete años…”.
-¡Joder, otra vez!- El libro voló por encima de la cama hasta caer abierto boca abajo con las páginas centrales ahogándose en el edredón. Ella, sin moverse, observó unos segundos la grotesca postura. La novela parecía desmembrada, como si hubiera caído desde su ventana y pudiera estar como un cuerpo humano: reventada contra el asfalto. Carmen, con la satisfacción de una venganza consumada que fruncía todas sus arrugas de expresión, sonrió.
Se levantó a tomar otra tila. Ya no le quedaba. La ansiedad le subía hacia la garganta en el bucle habitual: conciliar el sueño sería la última tortura de hoy.
Al volver a la habitación vio el libro en la cama y la ansiedad se le revolvió con la ira ¿Por qué cada vez que se hablaba de una mujer válida, sexy, atractiva, inteligente y deseable en libros, películas y hasta en los comentarios lascivos de los decrépitos, babosos y asquerosos amigos de su padre, siempre se correspondían con el perfil de una chica menor que ella? ¿Por qué Carmen era atractiva y deseable hasta que confesaba haber pasado el ecuador de la treintena? De repente los hombres después de un segundo de respiración contenida en el que parecían haber llevado un golpe en la nuca, rompían filas y ya nada más se sabía. Pero lo que era peor aún, lo que era realmente humillante, era que las mujeres al conocer su edad se relajaban con la misma sonrisa que acababa de ponerle ella a esta otra novela maldita.
Carmen sentía que a sus treinta y cinco años le habían quitado el derecho de ser mujer. Ella ya no sabía qué era pero los demás parecía que sí, que sabían lo que era ella: vieja.
Más de una vez se sorprendió hincando las rodillas en el suelo suplicando piedad: se probaba ropa para parecer más joven al mismo tiempo que se despreciaba por ello. No le gustaban las zapatillas urbanas, los pantalones rotos no iban con su atento carácter y las camisetas modernas apenas sí sabía por dónde iban los brazos y por dónde la cabeza. Y para no perder justamente eso, la cabeza, las bolsas que llegaban finalmente a su armario veían del maduro, sobrio, elegante -y sobre todo- pensaba Carmen – adecuado- Ralf lauren.
Amén de las veces que se probó lo de ponerse coletas…-¡Qué ridículo, madre mía!- Es lo último que dijo antes de quedarse dormida y rematar el novelacidio al arroparse, arrojando el libro fuera de la cama por más que éste luchó con todas sus hojas intentando sujetarse a cualquier jirón del edredón. Fue inútil.
No consiguió distinguirlo. Hacía tiempo que no dormía tan profundamente que al sentir el dolor en el pecho no supo si era sueño o realidad, estaba más preocupada por esa sensación de frío que acabaría despertándola de verdad del placentero viaje de esa noche. Dificultad para respirar -¡Mierda, vuelve la ansiedad!- pensó sin querer abrir los ojos definitivamente.
El infarto paró el viejo corazón de Carmen y en el tanatorio sólo se oían aquí y allá las voces de todos los que fueron a despedirla:
-¡Qué pena, era tan joven…!.
Edward Hooper (1931)
jueves 5 de marzo de 2009
Descontando primaveras
Publicado por Noemí en 5.3.09
Etiquetas: Mundos Noéticos
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8 comentarios:
Jaja, muy bueno y muy bien escrito, enhorabuena, me ha gustado mucho!!
...Y mola eso de ser el primero(de tus cuarenta amigas!!)en comentarlo,jaja!!
Preserva el mismo encanto de todos tus demas trabajos. Gracias.
Me alegro que os haya gustado otra de mis nenas... A ver si opina lo mismo alguna treinta y cinco añera que se encuentre con este relato.
Me hizo mucha gracia que en Propósito de Año Nuevo una de las lectoras me confesara que había tirado su delantal de limones :)
Yo no soy treinta y cinco añera, aunque me acerco bastante, el relato me ha encantado.
Ciertamente parece que a esta edad sólo se es joven para morir, aunque me gusta pensar que el motivo de que los hombres rompan filas es el miedo, a estas alturas creo que es más difícil engatusarnos con palabras fáciles.
Hola Shira, bienvenida. Muchas gracias por dejarme unas líneas en vivir a medias, sobre todo por tu reflexión sobre uno de los mensajes del relato y con la que no puedo estar más de acuerdo.
Por otro lado, creo que la sociedad no acepta la vejez aunque es consustancial a la juventud, igual que el hecho de morir lo es al hecho de vivir. No es absurdo entonces este rechazo categórico a la propia naturaleza humana? A mí me lo parece.
Sí, ciertamente es absurdo, pero la vejez es el recuerdo de que el tiempo se nos va de las manos y a menudo, es un valioso tiempo malgastado sin pensar.
Es un placer haber encontrado este blog, abrazo
Gracias. Estaba buscando por la red algún relato verdaderamente interesante, y por fin lo he encontrado. Muchas veces la gente que escribe se deja arrastrar por el encanto de las palabras y empiezan a coleccionar términos, cuanto más rebuscados mejor, para acabar diciendo nada. Me gusta la historia, me gusta el mensaje, me gusta la contundencia con que lo transmites. Es una gran verdad, aunque en la sociedad en la que vivimos no sólo se hace hincapié en la edad, hay demasiados requisitos que cumplir para ajustarse al cánon de lo guay. Ser muy delgada (pero con curvas), rubia (de pelo, la piel SIEMPRE bronceada), divertida (pero fina y femenina) inteligente (pero lo bastante estúpida como para hacer lo que quieran los hombres)... Yo creo que lo mejor es ignorarlos todos olímpicamente. ¡Con un par de ovarios! Jajaja Y perdón por el testamento, ups!
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